Era una noche de lluvia, viento y trueno. Era proximadamente a la una de la mañana en un pueblo llamado San Luís de la paz en la Sierra. De pronto, se escucha por uno de los callejones un grito lastimero, de esos que te hace estremecer y que atemorizaría a cualquiera que lo escuchase.
De todas las reacciones en los pobladores de aquel lugar, la más peculiar es la de un hombre que vive en una vieja casona, a unas cuantas cuadras del sanatorio local. Al escuchar el lamento, la acción inmediata de nuestro personaje es apresurarse al balcón, sin el más mínimo de los cuidados presente en él, puesto que este trayecto ha hecho que su bata fina y el juego de pantuflas quedaran competamente empapados, escurridas ante el azote de agua de semejante vendabal.
En un principio, el hombre afina la mirada hacia la calle, donde todo parece ser normal. Sin embargo, tras regresar adentro de la habitación a ocuparse de nuevo en sus asuntos, algo lo detiene. Por su nuca baja un escalofrío, y en su primera impresión, siente la extraña sensación de que algo lo observa. Bien dicho: Algo. Fué algo peculiar, ya que nunca había sentido sobre él la mirada de algo inanimado. Quien lo haya sentido, sabe que es una sensación indescriptible. En su mente se imprime un soliloquio: "Me encuentro en una disyuntiva:", se dice a sí mismo, "¿me vuelvo a explorar cuál es la naturaleza del fenómeno que acabo de experimentar? o ¿Hago como si nada hubiera pasado y albergo la esperanza de que haya sido un evento aislado que no tendrá gran trascendencia?"
Elijo una mezcla de ambas opciones: decido hacer caso al potencial de peligro del Evento y salgo despavorido, mientras rezo (sin ser creyente) porque el evento no tenga trascendencia en mi vida.